Ver a Dios. La inquietud de la humanidad desde tiempos inmemoriales se materializa en esta obra. Sin embargo, ¿a qué Dios se quiere ver? ¿al redentor, al superhombre, al único, a cualquiera? Desde luego que al niño no, y menos a la criatura pobre.

El auto de San Luis arranca un año más con las energías renovadas: el auto para que nazca el Mesías. Sin duda, la pasada Navidad nació ante todos los presentes, invocado como fue por el amor familiar, la admiración y algún que otro afecto filial. Lo que genera el auto siempre me ha parecido sublime, mas este año especialmente porque, unido a los reencuentros cuyo aroma trae los tiempos felices, de forma más o menos evidente lo que en él es narrado es la historia de nuestras vidas, cada año evocada, cada año mejorada, cada año revisitada, como gustan decir los franceses. No son las preocupaciones del monarca, ni los desvelos de la santa ni las ensoñaciones del maestro, tan solemnes. Son las decisiones de la gente sencilla que claman libertad y cuyas creencias les llevan a cambiar el mundo, como se menciona a lo largo de la representación, por buscar a Dios en la esquina de la calle. Ninguna pretensión desmedida, por tanto.

Debido a mi especial devoción por las artes veo necesario consagrar unas palabras al feliz encuentro que estas tienen en el auto. ¡Qué delicia de bailes populares, cantos sacros y qué brillante manera de entonarlos a todos, jóvenes y mayores! No cabe sino elogiar de igual modo la escenografía, dinámica y vivaz a ratos, rotunda e intensa a otros, mas siempre lírica, depurada, poética en el más puro sentido de la palabra. Y es que Ana, si cuida algo, si se pelean con algo, es con sus siempre queridas palabras.

Un año más ha venido y otro más ha partido, dejándonos los ojos llenos de lágrimas, los labios plenos en halagos y las manos rebosantes de calidez por unos personajes que, encarnados por grandes actores a los que hacen sombra los focos y que eclipsan todo contratiempo técnico, nos hacen parecer pequeños y perdidos a su lado. Esto, empero es bueno, pues nos sumerge de lleno en esa confianza que se espera de nosotros para entender al Dios de Nazaret, al Dios sencillo, al Dios de Ana y de todo San Luis.

Merci de lui donner la vie avec un souffle d’illusion.

Marina B. (antigua alumna).

 

 

San Luis de los Franceses, Colegio Francés en Madrid