Todos conocíamos que San Luis fue coronado de niño, ejerció justicia a su pueblo bajo el roble de Vincennes e intentó, sin éxito, defender los Santos Lugares. Sin embargo, podemos decir sin exagerar que los días 13 y 14 de diciembre, el patrón de nuestro Colegio revivió realmente, entre poesía castellana, música celeste y las vivas vidrieras de nuestro ataviado Gimnasio.
Y es que la línea que separa la vida de la muerte es muy fina en los geniales Autos de Ana Lorite, barrocos y coloridos. Todo sucede en un instante, los recuerdos se amontonan en el lecho de muerte del Santo y las grandes figuras bíblicas aparecen ante nuestros ojos para compartir sus temores más desgarradores con un enfermizo niño de doce años, llamado a ser Rey antes de tiempo. Quizás la Vida Eterna sea eso: allí tiempo y lugar se difuminan en medio de un canto continuo de alabanza a un Dios que nunca entenderemos del todo, como la letra de esta obra, donde cada palabra esconde un significado profundo, que cada actor hace profundamente suyo.
San Luis revivió entre llantos y temblores porque su figura fue plenamente humana y por tanto, llena de miedos, pasiones y dudas. Doblemente coronado: con la de un abuelo, el magno Felipe Augusto, que quiso hacerle “Luis de los franceses” orgulloso de su linaje azul y con la de espinas de una exigente madre, Blanca de Castilla, algo oprimente, que soñaba con ver a su hijo convertido en “Luis de los Cristianos”. Su vida fue un caminar al futuro, bajo la pesada capa de no ser como el rey Saúl, rechazado por Yahvé. Una vida plagada de dudas, de algún éxito, pero sobre todo (y como la de todos nosotros) de muchos fracasos: el de la séptima cruzada, los lloros agónicos de su esposa Margarita antes de embarcarse en la octava o, simplemente, su muerte antes de llegar siquiera a Tierra Santa.
Es sin embargo, en medio de esos fracasos, entre los cuidados de su hija, donde San Luis recibe, de boca del sultán musulmán, la lección más importante de Cristianismo. Una lección que, 750 años después, aún nos cuesta entender. Que Cristo no vino al Mundo a triunfar, sino a morir, pobre, en una Cruz; que su poder no es, como lo creían los judíos, un dominio terreno, imponente como el Templo, sino una aparición cotidiana en medio de nuestras debilidades, nuestras enfermedades y nuestros miedos.
San Luis, un rey cercano que murió en las arenas tunecinas, un santo humano, hecho posible gracias a la entrega incondicional de alumnos (y antiguos alumnos), profesores y padres, A la dirección de Jaime Buhigas y Jordi Calafell. Desde los emotivos personajes principales a los tan naturales figurantes, pasando por un coro sublime o unos ilusionados niños de 5º y 6º, todos ellos, con sus largas horas de ensayos, estrés entre bastidores, pero también profundo y renovado compañerismo, levantaron al público y fueron la prueba viva de que “Amour et Vérité se rencontrent, Justice et Paix s’embrassent”.
Jorge G. (antiguo alumno)





